Se suele decir que el Arte Barroco es el arte de la
Contrarreforma. Para reaccionar contra la severidad e iconoclastia del
Protestantismo, la Iglesia Católica alentó la edificación de templos con
profusión de escultura.
También dirigió a los artistas a alejarse de los temas
paganos que tanta aceptación tuvieron durante el Renacimiento, así como evitar
los desnudos y las escenas escandalosas.
Tanto en las artes visuales como en la música, la influencia
de la Iglesia sobre los artistas iba dirigida a emocionar y enardecer la
devoción mediante estímulos psicológicos.
Estas normas aparentemente conservadoras y austeras
derivaron, sin embargo, en este arte suntuoso y recargado que llamamos Barroco.
El siglo XVII fue una época de guerra y violencia como en
pocas fases de la historia europea. La vida se veía frecuentemente atormentada
en dolor y muerte. Por eso también era más necesaria que nunca la exaltación de
la vida agitada e intensa para el hombre barroco.
En ese contexto, se experimentaba el empuje de amar las
pasiones de la vida así como el movimiento y el color, como si de una magna
representación teatral se tratase. De hecho, se ha indicado con acierto que en
las artes plásticas, el barroco intenta reproducir la agitación y vistosidad de
la representación teatral.
Al igual que una representación dramática se apoya en un decorado
vistoso y efímero, la arquitectura barroca se subordina a la decoración, que ha
de ser espectacular.

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